viernes, 28 de septiembre de 2007

No he muerto a los veintisiete y a los treinta y dos sigo buscando entre palabras el color de mis silencios. Leves centellas iluminan cuesta abajo. El sonido de ciertos instrumentos musicales, especialmente de viento y luz, de percusión y latido me llevan a percibir ciertas formas que perturban el sentido noche y día. Bailo mientras camino entre el sonido de los árboles. Qué gracia. No tengo nada de qué ocuparme salvo contemplar el descenso del sol. Pienso en ciertas soluciones que a nadie interesa. Hablo de formas inquietas y descombradas por el odio. No sé si mi vida será un sol contemplado en el descenso de la tarde. Sé que es duro el camino y que mi corazón recibe cuchillos radiantes y mágicos, llenos de amor y caridad. Es así. ¿A quién le puede importar el dolor de otro? Lejos de alguna respuesta prefiero tumbarme bajo cualquier cielo y decir que lo importante es el tiempo que transcurre tranquilo y sublime. El sol me abraza tan fuerte que me asfixia de brillo. Y abro la boca para arrojar sobre la tierra ciertas melodías, ciertas palabras que procuran amar a quien me escuche. Y cierro los ojos para ver cómo mi canto se escampa en la noche del tiempo como una luz tibia, como atmósfera que abraza.

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Gael Amaru

Del otro lado del mundo existe el sol, Gael Amaru. Cruzando centellas y tormentas persiste un canto antiguo, que pareciera que se golpeara contra las montañas pero no, no es así. Es el sol que ilumina desde tan lejos para cubrir tus ojos de sueños que te parecerán extraños a lo que empiezas a ver a tu alrededor. No puedo decir exactamente qué imágenes te hacen reír dormido, pero intuyo que reconoces la voz del viento de los Andes que baja como un río de brillos únicos. No hay mayor maravilla en aquella tierra, que también te pertenece, que la gente que te ama sin haberte visto, pero que han aguardado tu presencia como un árbol que en el desierto desea la lluvia. Del otro lado del mundo aguarda el Pacífico para jugar con tus castillos de arena. Allá existen parques que serán tu refugio en algún implacable verano de bicicletas. En el otro lado del mundo te crecerán alas que brillarán doradas bajo aquel sol, que si bien aquí te ilumina, pero allá te espera.


una semana después de tu primer respiro
tres de noviembre de dos mil seis
Otro atardecer sobre Barcelona con el sol a las espaldas. El silencio es como entrar en un laberinto sin más hilo que ese mismo silencio dejado como rastro. El cielo se colorea ahora de misterios cobrizos. Al laberinto le crecen las paredes y no existe otra salida que seguir andando, procurando contemplar el poco cielo que queda. Las nubes dibujan un cielo violeta, las aves son brochazos desesperados de turquesa. El cielo empieza a oscurecerse, como un adiós anunciado y que hecho eco se repite en cada esquina de este laberinto. Basta sonreír para pensar que todo está bien si seguimos bailando durante la noche. Pero la oscuridad nos va atrapando como una arena movediza. Octubre le vuelve a arrancar las hojas a los árboles. El atardecer en Barcelona es ahora un profundo silencio, una fría noche de otoño.

jueves, 27 de septiembre de 2007

a jorge eduardo eielson

Mariposa blanca, rondas los jardines de Lima en marzo. Te he visto posarte en las ramas floridas de los silencios más iluminados. Y es que tu aleteo me hace recordar el movimiento del Mar Mediterráneo como las braceadas más fieras al infinito. Pero mientras aquí hace frío, en Lima floreces tierna, mariposa, como una canción de nube. Es una puña que hace nudos de aire en melodías serpenteantes, atardeciendo los rojos más bellos sobre la eterna ciudad de grises. Tus palabras, mariposa, hacen que vueles alegre entre jardines y el bullicio de la velocidad moderna. El mundo dice que las cosas no son como las imaginas, que si todo gira hacia noroeste ello significaba un no rotundo a ciertos sueños que sólo tenemos cuando somos gusanos. Que si tu corona fue la pobreza, tu alimento han sido todos los poemas que habrán de repetir tu canción, tu danza de fuego en los cielos. Mariposa blanca, todo esto ha sido un cuchillazo justo cuando iba a cruzar el mar de tus braceadas de colores y acercarme a aquella ciudad que habitó tu aliento y que no fue Lima y tampoco fue Marzo, es un cuchillazo que deja un incandescente rastro de luz en Lima, en Barcelona, en Roma.

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