viernes, 28 de septiembre de 2007

No he muerto a los veintisiete y a los treinta y dos sigo buscando entre palabras el color de mis silencios. Leves centellas iluminan cuesta abajo. El sonido de ciertos instrumentos musicales, especialmente de viento y luz, de percusión y latido me llevan a percibir ciertas formas que perturban el sentido noche y día. Bailo mientras camino entre el sonido de los árboles. Qué gracia. No tengo nada de qué ocuparme salvo contemplar el descenso del sol. Pienso en ciertas soluciones que a nadie interesa. Hablo de formas inquietas y descombradas por el odio. No sé si mi vida será un sol contemplado en el descenso de la tarde. Sé que es duro el camino y que mi corazón recibe cuchillos radiantes y mágicos, llenos de amor y caridad. Es así. ¿A quién le puede importar el dolor de otro? Lejos de alguna respuesta prefiero tumbarme bajo cualquier cielo y decir que lo importante es el tiempo que transcurre tranquilo y sublime. El sol me abraza tan fuerte que me asfixia de brillo. Y abro la boca para arrojar sobre la tierra ciertas melodías, ciertas palabras que procuran amar a quien me escuche. Y cierro los ojos para ver cómo mi canto se escampa en la noche del tiempo como una luz tibia, como atmósfera que abraza.

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1 comentarios:

Blogger elizabeth lino c. ha dicho...

Que alegria, caminar por este bosque de palabras y llevarse en el bolsillo no sólo algunas hojas de otoño...
En hora buena por el blog.

www.mujerdelluvia.blogia.com

28 de septiembre de 2007 a las 10:28  

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